Yo procrastino y, ¿tú?

“Hoy no me apetece…”, “ya lo haré mañana…” o “aun tengo tiempo…” seguro que son frases que te dices a menudo sobre todo cuando se trata de obligaciones. Pues he de decirte que, si te sientes identificado, definitivamente procrastinas.

Fuente: Redem

Según la RAE, la palabra procrastinación proviene del latín y significa diferir o aplazar. Y esto mismo es lo que hacemos al posponer las tareas para más tarde provocando ansiedad, estrés o incluso depresión. A pesar de ser un impulso común en el ser humano, es más visible en los jóvenes (Delgado, s.f).


Cuando se procrastina, se suele pasar por tres etapas distintas. La primera de ellas se debe a la incomodidad que se sufre por tener que llevar a cabo una actividad que no se quiere realizar. La segunda de ellas corresponde a la ocupación. Se trata de la búsqueda de otras actividades o tareas que distraigan de esa que no quieres llevar a cabo. La última etapa se denomina justificación y consiste en buscar excusas que te hagan sentirte mejor (Delgado, s.f).


Piers Steel, psicólogo canadiense, ha descubierto la fórmula de la procrastinación considerada la teoría de la motivación temporal:

Expectativa: relacionada con nuestro sentimiento de capacidad para llevar a cabo esa acción que tan poco nos gusta. En este caso, se pueden dar dos tipos de comportamientos. Por un lado, aquellas personas que se infravaloran y ven el error o fracaso antes de intentarlo y, por lo tanto, deciden aplazar la obligación, y por otro, aquellos que tienen una excesiva confianza en ellos mismos y en sus capacidades, por lo que tienden a posponer las obligaciones hasta el último minuto.


Valoración: como todos sabemos, preferimos hacer eso que nos gusta y retrasar lo máximo posible lo que no. Es por ello por lo que tendemos a procrastinar cuando la valoración (la satisfacción que nos produce realizar la acción) de la actividad es baja.


Impulsividad: aquellas personas impulsivas, con bajo autocontrol y que se distraen fácilmente, son más propensas a procrastinar.


Demora de la satisfacción: aquellas tareas que requieran más tiempo y esfuerzo son las más tendientes a ser aplazadas ya que preferimos una recompensa inmediata y sin mucho esfuerzo.


Para Steel, detrás de la procrastinación, más que pereza hay “un exceso de perfeccionismo” (Delgado, s.f).


Ahora bien, una vez que tenemos la fórmula que explica nuestro problema, hay que encontrarle una solución.


Aparte de planificar mejor, ser realistas con nuestros objetivos, evitar distracciones, imponerse tiempos de trabajo… Tania Sanz, fundadora de ‘Habitualmente’, tiene la estrategia perfecta y se llama ‘¡Congélate!’.


El truco es el siguiente: “si no estás trabajando en esa tarea importante, que planeaste hacer o que sabes que deberías hacer, entonces tienes que ¡congelarte!”. Cuando se procrastina, lo que sucede es que “nos volvemos productivos en otras tareas que no son importantes en ese momento”. Cambiamos la actividad que tenemos que realizar por otra que nos entretiene más y nos mantiene ocupados. El truco consiste en no hacer nada hasta que no sea tu obligación la que hagas de tal manera que, “si no haces lo que debes hacer, no estarás haciendo nada más en su lugar” (Sanz, s.f).


Por último, he de decir que no espero que después de leer este artículo dejéis de procrastinar pero sí que seáis conscientes de que lo hacéis ya que como ya sabéis, el primer paso para solucionar un problema es admitir que lo tienes.

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